Las nuevas velocidades de la Vieja Europa

EuropaAño 2016.

Esa Unión Europea que hace no demasiados años se presentaba como un modelo de muchas cosas, especialmente en lo económico y lo político, se sigue tambaleado. Siguen siendo difíciles de paliar los efectos de la crisis económica que desde 2008 afecta en mayor o menor medida a sus países miembros.

Esa Vieja Europa que en los albores del siglo XXI soñaba con volver a liderar el crecimiento económico mundial y servir de ejemplo a países y otros organismos supranacionales, flaquea. Esas mismas instituciones que un día parecieron jóvenes y robustas son ahora unos inmensos campos de burocracia en los que los ciudadanos se pierden sin remisión.

Es probable que esa Unión Europea que conocemos tenga que reciclarse para adaptarse a los nuevos tiempos políticos que nos está tocando vivir irremediablemente por la fuerza de una ciudadanía que busca mayor participación en el devenir de sus instituciones.

Una Unión Europea que quizás se perdió en aquellos éxitos milagrosos de los inicios del euro y no se percató de la importancia de fraguar una base estable para mirar al futuro.

Una Unión Europea que no supo en ningún momento afrontar la grave crisis económica que le ha llevado a estar a punto de dejar fuera de su amparo a un país como Grecia.

Una Unión Europea con enormes discrepancias internas en temas tan sensibles como la crisis humanitaria de los refugiados, incapaces de buscar soluciones conjuntas ya que mientras unos se llenaban la boca para acogerlos otros países miembros cerraban sus fronteras y lanzaban leyes migratorias mucho más restrictivas. Se habló incluso de muros.

El esplendor económico de finales del siglo XX e inicios del siglo XXI ardió y se fraguó la gran crisis que aún nos atormenta. Y de esas cenizas surge una nueva Europa más austera y, sobre todo, menos solidaria con aquellos países que más han sufrido la crisis dentro de sus fronteras. Hablo, por supuesto, de los países del sur de Europa.

Los ingleses, que estos días dilucidan su futuro en la unión económica y monetaria, nos llamaban incluso los PIGS: Portugal, Italia, Grecia y España. Han pasado cinco años del dramático año 2011 pero seguro que todos ustedes recuerdan las noticias alarmantes que entre los años 2012 y 2013 asolaron las portadas de los medios de toda Europa: los rescates, las bancarrotas, etc.

Todo esto ha fraguado nuevos conceptos en los que trabajan tanto politólogos como historiadores y analistas. Europa sigue teniendo varias velocidades pero ya nada tiene que ver con aquella descripción que se hacía en los felices años 90.

Entonces hablábamos del concepto de la ‘Europa de las dos velocidades’, acuñado para definir las diferentes velocidades a las que los países se iban incorporando a las estructuras comunitarias buscando la mayor integración.

La crisis económica, como tantas otras cosas, cambió el concepto y ahora esas dos o más velocidades hacen referencia  más bien a la velocidad a la que caminan Alemania y Francia y las que marcha el resto de países miembros, estando a mucha distancia de las dos grandes potencias europeas de la actualidad los países del Sur de Europa.

Esa Europa de nuevas velocidades que también podríamos conocer como la Europa de las desigualdades y que ha producido que aumente la brecha social entre los distintos países europeos según haya afectado en mayor o menor medida la crisis económica.

Lo que ha pasado en Grecia es el mayor ejemplo de cómo ha cambiado todo en la Unión Europea y deja claro que el nuevo reparto de fuerzas deja a Francia como a Alemania como aquellos encargados de dirigir el destino político, social y económico del Viejo Continente.

Si tiramos de hemeroteca, al hablar de la ‘Europa de las dos velocidades’ veremos aquello del vagón de cola en referencia a la integración de algunos países en las instituciones comunitarias y, especialmente, con todo lo que tenía que ver con el Euro. Quizás el punto de mayor eclosión de todo esto fue en la elaboración y votación de la frustrada Constitución Europea.

Pero se acabó, todo esto fue antes de la crisis.

Después, el vagón de cola sirvió para recoger a aquellos países que no cumplían los requisitos que Bruselas, guiada por Alemania, imponía en materia de déficit y otras cuestiones. Y ahí, en ese vagón, fueron entrando sucesivamente los países mediterráneos, unos con más fuerzas que otros.

Salir de ese vagón de cola se antoja complicado. Miren el caso de España: ¿Cuántas veces en los últimos años ha anunciado el Gobierno que España salía adelante? ¿Y cuántas veces Bruselas ha echado para atrás las esperanzas españolas con sus previsiones? La última vez fue hace bien poquito.

Quizás sea esa actitud ceñida únicamente a lo económico la que esté haciendo que se esté perdiendo la Europa de lo social y el enfoque solidario que siempre tuvo que tener esa Unión Europea de los albores se esté perdiendo del todo, tanto con países miembros como con aquellos que vienen desde una guerra a buscar asilo.

Sería interesante una reflexión más profunda sobre todas esas desigualdades que se ahondan día a día con las duras políticas restrictivas que Bruselas impone a esos países miembros que no cumplen lo pactado. Unos pactos, no olvidemos, que se ciñen a lo impuesto previamente por los mismos que acaban sancionando. Una pescadilla que se muerde la cola y perjudica especialmente a los países más devastados por los efectos de la crisis. ¿Adivinan cuáles son? Exacto: los países del Sur de Europa.

¿Qué Europa estamos construyendo?

Probablemente nadie esperaba este devenir en todo el proceso de construcción y creación europea. Durante muchos años, la idea de Europa se fue constituyendo a base de pequeños pasos y mucha política. Y, especialmente en los tiempos de bonanza económica, hubo un tiempo en el que este barco iba viento en poca y a toda vela hacia el futuro.

La idea de una Europa unida, con unas instituciones estables y solidad, una economía fuerte y una sociedad identificada con la Unión Europea parecía vislumbrarse en el horizonte. Ese periodo de crecimiento económico de finales de los años 90 e incidió en la época de mayor integración política, social y económica de las instituciones comunitarias en Bruselas.

Aquella Europa parecía no tener fisuras: se amplió hasta los 28 países, el euro era más fuerte del dólar y comenzábamos a soñar con ser, después de muchísimos años, la economía referencia del planeta. Incluso comenzábamos a mirar por encima del hombro a todo un gigante como Estados Unidos. Eran los buenos tiempos…

Como he comentado anteriormente, fue la crisis económica la que cambió todo y trajo consigo una crisis de valores y confianza en las instituciones. Pasó a nivel nacional y tenemos a España como gran ejemplo de la desconfianza hacia la clase política y a los organismos públicos. Pero también, en otra medida, pasó a nivel europeo.

La crisis económica y financiera cambió las tornas. De repente, los factores sociales y solidarios entre los pueblos fueron relegados a un plano secundario en las relaciones políticas y se sustituyeron por valores económicos. Se dejó de hablar de personas para hablar de mercados. La Unión Europea comenzó a ser una fuente de noticias relacionadas con temas de macroeconomía, de déficit, de previsiones, de rescates, etc.

Y de miedo.

Sí, para muchos ciudadanos europeos la Unión Europea se convirtió con el paso de la crisis en algo que sólo suponía una fuente de malas noticias para sus países. Sólo hay que tirar de hemeroteca reciente para darse cuenta de que, últimamente, desde Bruselas sólo han llegado malas noticias y amenazas económicas. Y no sólo en España, seguro que cualquier ciudadano de Portugal, Italia y, especialmente Grecia, tiene una opinión muy parecida sobre la UE.

¿En qué momento podríamos intuir que la Unión Europea iba a provocar pánico en sus ciudadanos y en los gobiernos de sus países miembros? Pongamos el ejemplo que más conocemos: España. La imagen de nuestro Gobierno rindiendo cuentas a Bruselas ha sido habitual en estos últimos años. La Europa de las libertades y de la integración ha dado paso a la Europa de los datos económicos y la insensibilidad social.

De la Europa en la que se hablaba de una Constitución que supusiera un marco institucional único para los 28 países a la de los Grexit, Brexit y demás incógnitas que presentan un futuro incierto en el Viejo Continente. Quizás esas estructuras y todo lo que tenía que ver con la construcción europea estaba sostenido sobre pilares de barro y nadie se atrevió a decirlo…

Por cierto, no quiero olvidar que la Unión Europea y todo el proceso de construcción comunitaria recibió el Premio Nobel de la Paz. Quizás sería bueno reflexionar sobre si lo sucedido en los últimos cuatro años con esa presión económica asfixiante sobre algunos países del Sur y del Este de Europa no plantea dudas sobre la concesión de tan prestigioso galardón…

Con todo lo que estamos analizando, es evidente que la Europa de la solidaridad entre los pueblos ha dado paso a una nueva idea sobre la UE: más austera, más ceñida a los datos económicos y comandada por puño de hierro por el eje franco-alemán que se ha convertido en el director de orquesta y será el responsable máximo del devenir de Europa, de las instituciones comunitarias y de los habitantes de los 28 países miembros.

De la igualdad a la desigualdad

En el Artículo 1-2 del texto de la famosa Constitución Europea podemos leer, y lo cito literalmente, lo siguiente.

“La Unión se fundamenta en los valores de respeto de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías. Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre mujeres y hombres”.

Me pregunto lo siguiente: ¿Con la gestión de la crisis económica por parte de las instituciones comunitarias y de la famosa Troika con respecto, por ejemplo, a los países del Sur de Europa, se han mantenido esos valores sobre los que debe forjarse Europa?

Es más, lanzo otra pregunta para el debate: ¿Han sustituido en la Vieja Europa los valores macroecónomicos a los valores de igualdad, solidaridad, tolerancia y justicia?

No hay que avanzar mucho más en aquel texto comunitario para darse de bruces con lo siguiente y, permítanme que lea el apartado 3 del Artículo 1-3 en su integridad:

“La Unión obrará en pro del desarrollo sostenible de Europa basado en un crecimiento económico equilibrado y en la estabilidad de los precios, en una economía social de mercado altamente competitiva, tendente al pleno empleo y al progreso social, y en un nivel elevado de protección y mejora de la calidad del medio ambiente. Asimismo, promoverá el progreso científico y técnico.

La Unión combatirá la exclusión social y la discriminación y fomentará la justicia y la protección sociales, la igualdad entre mujeres y hombres, la solidaridad entre las generaciones y la protección de los derechos del niño.

La Unión fomentará la cohesión económica, social y territorial y la solidaridad entre los Estados miembros.

La Unión respetará la riqueza de su diversidad cultural y lingüística y velará por la conservación y el desarrollo del patrimonio cultural europeo.”

A continuación y, tras leer esto, planteo las siguientes preguntas:

  1. ¿La gestión de la crisis económica realizada por la UE ha obrado en pro del desarrollo sostenible de la UE?
  2. ¿De verdad se han aplicado en Europa políticas de recuperación del empleo destruido en masa tras la crisis?
  3. Teniendo en cuenta la crisis humanitaria de los refugiados, ¿creemos que la UE ha combatido la discriminación y la exclusión social?
  4. Teniendo en cuenta la presión y la actitud de Bruselas y de algunos países miembros hacia estados como España, Portugal o Grecia, ¿la UE ha fomentado la cohesión económica y la solidaridad entre los países miembros?

Son cuatro preguntas pero podrían ser muchas más. Las respuestas nos encaminan hacia una conclusión inevitable: caminamos hacia una Europa de varias velocidades, en la que Alemania y Francia marcan el ritmo a su antojo, otros países tratan de seguirles el ritmo y otros, simplemente, tienen que aguantarse y aceptar a regañadientes lo que se decida por ellos en París, Berlín o Bruselas.

Quizás Europa creció demasiado rápido en pocos años al amparo de la bonanza económica y no fijó unas estructuras lo suficientemente fuertes para impedir que una crisis tan bestia como la que estamos sufriendo arrasara lo construido durante tantas décadas. ¿Queda algo de la esencia que dio forma a la UE o ya todo lo que interesa en Bruselas tiene que ver con los aspectos económicos?

La nueva Europa, la que vivimos en 2016, está marcada por las desigualdades entre los países miembros: algunos apenas han notado sus efectos y otros tienen tasas de empleo joven superiores al 50%. La traducción de esto es que algunos miran al futuro con el mismo optimismo que antes de 2008 y otros ven como sus jóvenes tienen que emigrar porque no ven ningún futuro dentro de sus fronteras.

Ese es uno de los principales problemas de esta Europa que afronta el futuro con distintas perspectivas según la latitud del mapa en la que uno esté situado. Esas inmensas desigualdades económicas y sociales que han aflorado en los últimos años entre los países miembros ponen en duda y cuestiona el proceso de integración europea y los pasos que hay que dar en el futuro.

Quizás sea el momento de que Alemania y Francia suelten ese timón que cogieron al profundizarse la crisis económica y financiera y vuelvan a los valores sobre los que se constituyó la idea de una Europa fuerte, unida y solidaria. H

Probablemente se daría un paso si en Bruselas dejase de considerarse a la ciudadanía como simples índices económicos y se vuelva a hablar de la solidaridad entre los pueblos como base de la construcción europea. Humanizar las instituciones comunitarias y mostrarse más cercanas al pueblo es, a todas luces, una necesidad imperiosa. Mientras veamos todo aquello como un gigantesco aparato burocrático será difícil que la ciudadanía vuelva a creer en ello.

Sí, en 2016 tenemos una Europa que va a varias velocidades. O no, a lo mejor es una única velocidad marcada por Alemania y Francia pero que algunos tienen dificultad por alcanzar y van a trancas con tal de subirse a ese carro sin importar que todos los baches que están encontrando los están sufriendo directamente sus ciudadanos.

Y esa es la clave: los ciudadanos. La preocupación por la ciudadanía ha sido desplazada y sustituida por una creciente preocupación por cuestiones económicas y financieras.

Si algún día la Unión Europea vuelve a poner a las personas en el centro de su acción política, quizás podamos volver a hablar de aquella idea de Europa. Mientras tanto, seguiremos hablando de esa Europa de varias velocidades y llena de desigualdades.

Muchas gracias.

Intervención leída en el marco de la Conferencia ‘Norte y Sur, ¿ficción o realidad?’ que tuvo lugar en el Recinto Ferial de Pozoblanco el 21 de mayo de 2016 dentro de los actos del 25º Aniversario del Hermanamiento entre Pozoblanco y Le Mée Sur Seine.

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